martes, 30 de marzo de 2010

Las Diez Puertas

Preludio


Y ahí se encontró. Solo, sin nada más alrededor que cuatro paredes, cada una con una puerta. Nada más había en aquella habitación, ni un solo mueble o algo que adornara las paredes blancas. Le parecía demasiada extraña aquella situación, ni siquiera recordaba cómo llegó ahí en primer lugar.


¿Qué hacía ahí? ¿Cómo llegó? ¿Debería salir o estaba ahí con un propósito? Algo era seguro, no era la misma persona que el sentía haber sido antes de entrar a esa habitación. Sin embargo, no recordaba cómo era antes. La confusión lo invadió pero pensar no era una buena opción, algo estaba mal con su cabeza.


Y ahí él, justo en medio de la habitación, entendió que quedarse sin hacer nada no resolvería en absoluto sus dudas. Había que elegir una puerta, ¿Pero cuál?


Siempre habría forma de volver atrás si era la puerta equivocada, ¿no? Y de repente se dio cuenta. Dudar y volver atrás era tan ilógico y tan tonto que no había razón para hacerlo, después de todo no sabía que había detrás de ninguna de las cuatro puertas. Bien podría morir devorado por un león, o caer por un precipicio en la primera puerta que abriera, quitándole la oportunidad de volver atrás y corregir el camino.


Pasara lo que pasara, la puerta que eligiera debería ser la puerta que determinaría lo que pasara en seguida. Pero esto lo contrariaba tanto, no le gustaba la idea de depender de la suerte o nada por el estilo, sin embargo no existía otro criterio posible de elección, todas y cada una de las puertas eran completamente iguales, ni siquiera la estética ayudaba.


Se puso de pie, pues se encontraba sentado y se dirigió a la puerta que en ese momento le quedó de espaldas, siempre obstinado a su idea de que dar la espalda no era cobardía, era inteligencia.

No dudo ni un instante y giró la perilla de aquella puerta, la primera que vino a su mente y así ejecutó.

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